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Desde Mi Rincón



por Alejandro Córdoba

Hoy, al reencontrarme con mi rincón, ha acudido a mi galería de personajes el tío Fructuoso. Me gustaba preguntarle, con frecuencia, cual era su pronóstico del tiempo. Nunca llegué a saber en qué se basaba la lógica de sus razonamientos. Pero sí advertía que siempre dirigía su mirada a la punta del Moncayo y al movimiento de las ramas de los árboles del río. Y su predicción casi siempre terminaba siendo acertada. En ocasiones, no sé si dependiendo de su humor o de la inseguridad que presentaba el ambiente, cuando le preguntaba si iba a llover ese día me respondía “mañana te lo diré”. Y me dejaba tan cortado. Menos mal que en ese momento salía en mi ayuda el tío Teodoro con un argumento del tipo: “nos ha jo..... Mañana también lo sabrá el muchacho”.


Segundo, Santos, Emiliano,
Fructuoso y Teodoro

Hoy, no siendo ya tan muchacho, me he acordado del tío Fructuoso y sus predicciones meteorológicas porque, aún sin saberlo, al volver aquí he tenido la certeza de que el último invierno ha debido de ser especialmente agradecido con esta tierra. La frondosidad que aquí he encontrado solamente puede ser debida a una lluvia copiosa y reiterada a lo largo del último año. Una lluvia a la que esta tierra ha sabido responder con agradecimiento, mediante un verdor y una espesura como nunca antes recuerdo haber conocido.

La primera lección que me brinda hoy mi reflexión hace referencia, pues, a la necesidad de ser “agradecido”, tal y como esta tierra lo ha sido con el cielo que le ha vuelto a dar la vida.

Pensando en agradecimiento el primero que quiero tributar va dirigido al mismo rincón que me acoge. Porque me cuentan que de su fuente ha vuelto a manar agua abundante, contribuyendo a mejorar la calidad de la que recibíamos en el pueblo. Un agradecimiento que me trae al recuerdo un bonito proverbio indio: “La tierra no es una herencia de nuestros padres sino un préstamo de nuestros hijos”. Un préstamo que, como tal, algún día deberemos devolver y hacerlo en buen estado, para que esté en condiciones de ser disfrutado por los que, por ley natural, nos habrán de sobrevivir.

Son muchas las ocasiones en las que necesitamos dejar atrás un lugar y unas personas para empezar a valorarlas y quererlas. Nuestra vida esta llena de experiencias en las que una vez transcurrido el tiempo lamentamos no haber tratado mejor a las personas con las que hemos convivido. ¿Por qué esperar a que una persona haya desaparecido para siempre para hablar bien de ella? ¿Por qué no demostrarle en vida nuestro aprecio?

Sirva pues esta reflexión para hacer una llamada al agradecimiento; a ver el lado positivo de las cosas y las personas que nos rodean; a poner nuestra atención en lo que nos une, mucho más que en lo que nos separa.

Desde la atalaya virtual que constituye este lugar escondido, los sentimientos que en él me surgen vuelven a tener un sabor agridulce. Si antes me ha llenado de satisfacción el milagro que la primavera nos ha brindado, ahora no puedo evitar un sabor amargo cuando rememoro la galería de personajes de éste mi pueblo y los movimientos que en él se han producido desde el último verano. Un sabor amargo derivado de la contemplación del reencuentro “para siempre” de José “el herrero", Casilda y Victoria con la tierra que las vio nacer, crecer, trabajar, gozar y sufrir. Es ésta una imagen que, desgraciadamente, se reproduce en el pueblo cada vez con más frecuencia.

La otra cara de la moneda la ponen, esta vez, Fortunato, Juli, Fernando, Doro, y Melchorín, a quienes he visto caérseles la baba ante sus primeros nietos. Y también a Fidel y Benito, aunque estos ya algo más experimentados.

Entre ambas caras de la moneda percibo un mensaje agridulce que me vuelve a mostrar las luces y las sombras de una vida que desde aquí percibo con una especial intensidad. Porque el misterio que descubro en mi pueblo y mi rincón radica en la serenidad que en él se llega a encontrar. En una serenidad que se plasma en una mirada pausada sobre las cosas y que posibilita una convivencia pacífica con todo lo que nos rodea.

Muchas veces dejamos que la vida transcurra tan deprisa que perdemos el control y la perspectiva capaz de diferenciar lo que es prioritario y esencial de lo que es sencillamente anecdótico. Y en esas circunstancias los acontecimientos se nos presentan con una dimensión que no es real. Dramatizamos y exageramos, entonces, situaciones que, una vez pasadas, relativizamos y llegamos a considerar como algo insignificante.

Es, precisamente en esas circunstancias, cuando querría tener presente la paz y serenidad que, a veces, llego a encontrar en mi rincón y en mi pueblo.

Una serenidad para disfrutar de cada día y sacarle el máximo provecho; para no estirar más y más nuestras expectativas hasta el punto de estar permanentemente insatisfechos; para disfrutar de lo que tenemos en lugar de lamentarnos por lo que nos falta; para ser auténticos, mostrándonos como somos y buscando el lado positivo de cada vivencia; para persistir en poner los medios para alcanzar nuestros proyectos e ilusiones a pesar de los reveses, e incluso sacando conclusiones positivas de estos últimos.

VALMENOR, agosto 1998


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